Hoy, en la Historia (I): Lavoisier

LavoisierSin duda alguna, uno de los más grandes científicos de todos los tiempos; uno de los padres de la química moderna y un gran desconocido para el público en general. En Hoy, en la Historia presentamos a Antoine–Laurent de Lavoisier.

Nacido en París, en 1743, Lavoisier estaba destinado a revolucionar la ciencia. Nació en una época en la que la química moderna, alumbrada de forma simbólica tras la publicación del histórico libro de Robert Boyle el químico escéptico, luchaba por colocar unos sólidos cimientos teóricos y experimentales y librarse de los prejuicios e ideas erróneas, herencia de la alquimia. Lavoiser introdujo de forma habitual la balanza en el laboratorio. Se dio cuenta mejor que nadie de la importancia de la medida a la hora de formular leyes rigurosas que describieran el comportamiento de la materia. Armado con esta herramienta, Lavoisier derribó los falsos fundamentos y desechó las teorías equivocadas heredadas desde tiempos inmemoriales.

Isaac Asimov escribió de él:

«Desde el principio de sus investigaciones químicas, Lavoisier reconoció la importancia de las mediciones precisas. (…) Se unió así a los que, como Black y Cavendish, aplicaban la medición a los cambios químicos. Lavoisier, sin embargo, era más sistemático, y la utilizó como instrumento con el que derribar las antiguas teorías que, ya inservibles, no harían sino entorpecer el progreso de la química.»
—Isaac Asimov, Breve historia de la química.

El fracaso de la transmutación

Desde los atomistas griegos se defendía la idea de la transmutación. Los cuatro elementos: agua, aire, fuego y tierra podían interconvertirse de algún modo. Así, la madera (tierra) podía convertirse en fuego (quemarse) y luego, en aire (humo). Siguiendo la estela de los griegos, los alquimistas medievales intentaron infructuosamente transmutar diversos metales — sobre todo plomo, pobre en fuego — en oro, rico en fuego. En tiempos de Lavoisier se pensaba de forma razonable — pero errónea — que el agua podía convertirse en tierra calentándola hasta que solo quedara un poso sólido. Esto, que se deducía de la simple observación, Lavoisier lo sometió a su implacable análisis: Hirvió el agua en un aparato al que acopló un condensador, de que devolvía el vapor a la caldera, de modo que nada se perdía por evaporación. Durante ciento un días estuvo hirviendo aquel caldero al término de los cuales apareció el sedimento. Lavoisier pesó el agua y constató que dicho peso era el mismo antes que después, de modo y manera que el sedimento no provenía del agua.

La combustión

¿Cómo explicar por qué un trozo de madera puede quemarse y una piedra no? Hoy conocemos la respuesta y nos parece tan natural que no reparamos en todo lo que se trabajó para conocerla. Sabemos que el oxígeno del aire reacciona con las moléculas de la madera, ricas en carbono e hidrógeno, para dar dióxido de carbono y agua. Pero ¿cómo se explicaba cuando no se sabía lo que era el oxígeno, ni el hidrógeno? En el siglo XVII apareció una teoría que pretendió dar una explicación al fenómeno: la teoría del flogisto. Según esta teoría, los cuerpos inflamables contienen un elemento llamado flogisto (se decía que estaban flogistados). Al quemarse, el flogisto se libera dejando otra sustancia desflogistada que no es combustible: las cenizas.

Lavoisier sometió la teoría al siguiente experimento: Calcinó plomo y estaño en un recipiente cerrado con una cantidad limitada de aire. Sobre el metal se fue formando una capa de «calcinado» hasta que se detuvo. La teoría diría que el metal habría perdido el flogisto que podía perder, pero sabemos que el metal calcinado pesa más. Al pesar todo el recipiente resulto pesar exactamente lo mismo que al principio. Por lo tanto, si el metal había ganado peso al calcinarse, el aire debía haber perdido exactamente el mismo. Al abrir el recipiente comprobó que se había formado un vacío parcial. Así quedó comprobado que la combustión no consiste en al pérdida de flogisto sino en la ganancia de una parte del aire. A esta parte del aire capaz de formar óxidos, Lavosier la llamó oxígeno.

«La República no necesita científicos»

En 1794 estaba en pleno auge la etapa de la Revolución Francesa conocida como el reinado del terror. Entre 35.000 y 40.000 personas fueron guillotinadas durante el régimen revolucionario de Maximilien Robespierre. Lavoisier, que había ejercido de recaudador de impuestos para el antiguo régimen, fue llevado al tribunal y condenado a muerte. El juez que le condenó rechazó la clemencia para él con las históricas palabras «la República no necesita científicos». Ese mismo día fue ejecutado por la guillotina.

Epitafio

Su gran amigo Lagrange dijo de él tras su ejecución:

«Un segundo bastó para cercenar esa cabeza y tal vez cien años no basten para que crezca otra igual.»

Hoy, en la Historia: capítulo siguiente: Julián Besteiro

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