Intolerable (IX)

Hoy, la novena entrega de la traducción de «intolerable»

Intolerable

Preparé la reunión a las ocho de la mañana del viernes en noviembre. En realidad no recuerdo la fecha. Llegué en la tarde del jueves y me registré en un hotel cerca del campus. Fui a comprar un par de camisetas de la universidad como regalo navideño, un libro de Borders y un pequeño bolso rojo en Dillaeds. Me tomé un sandwich en mi tienda favorita, una tarta de chocolate en mi supermercado habitual y algo de soda en la gasolinera de al lado de mi antiguo apartamento. Entonces me acomodé en mi habitación, ensayé la exposición practicando la charla que había perfeccionado a lo largo de mis entrevistas y olvidé en mi impaciencia evitar pensar en la defensa que podría no tener lugar.

Pasé el jueves dentro y fuera de la ducha. Estaba absolutamente malo, azotado por el temor y bien despierto pese a tres tylelones. Mientras trataba de convencerme de que todo iría bien había ahora una parte de mi cerebro que sabía de la posibilidad de que la tierra se abriera en canal y me tragara. Tenía motivos para temer a esta gente: ya me habían indignado y humillado antes. No pensaba que lo pudieran hacer de nuevo, pero no estaba seguro. Al final pude conciliar el sueño tras leer una historia erótica. Leí alguna vez que la gente que tiene miedo a volar debería leer pornografía en el avión porque distrae lo suficiente como para conjurar el miedo. La historia que leí iba sobre una mujer que conoció al amor de su vida en Internet y, tras conocerlo (ahí, la parte erótica), se casó con él. Cuando conocía Peter estaba convencido de que el mundo me estaba devolviendo el infierno de defensa ofreciendo mi versión de la historia de amor que podía haber salvado mi cordura, ¿verdad?

En cualquier caso; me vestí la mañana siguiente y llegué a la enorme aula magna que había reservado a la fuerza. No había traído invitaciones ni café. Estaba yo con mi portátil esperando en el pasillo junto a la sala, tratando de no temblar.

Llegó en primer lugar mi director, sonriendo y preguntándome por mi estado de ánimo. “Aterrado”, le dije y él rió de soslayo. El presidente del tribunal llegó después, me preguntó lo mismo y la misma respuesta recibió. Entramos en la habitación y preparé mi portátil mientras esperaba la llegada de los otros tres miembros. Uno de ellos llegó disculpándose por la tardanza y a continuación se sentó. No había invitado a nadie a asistir. Para la defensa de julio asumí que todo el grupo estaría allí. Mis padres podrían haber venido y haberlo celebrado después. Dave, otro amigo, había planeado un viaje al campus. Habría estado muy bien.

El evento real fue tratado como un secreto. No quería que nadie lo supiera en caso de que algo no saliera bien. Así que eramos yo y los cinco profesores. Bueno, en realidad eran cuatro en un principio. Pete no vino. Tras esperar 15 minutos alguien le llamó y le dijo que estábamos esperándole. Comenzamos sin él, que llegó unos minutos más tarde y luego preguntó una sola vez. No fueron duros y se portaron bien, entonces me pidieron que saliera fuera. Mi director me siguió para felicitarme durante no más de dos minutos. Volví a entrar para estrechar manos según los otros cuatro hombres recogían sus papeles, desconecté mi portátil y recogí mis cosas.

Volví a nuestro despecho y comencé a completar las revisiones de modo que pude imprimir una copia final para su aprobación mientras aún estaba en la ciudad. Encontré un vestíbulo tranquilo en el hospital para llamar a mamá y luego a papá; ambos estaban en el trabajo. Fue bien. Nada salió mal. Estaría en casa por la tarde.

Mi padre volvió al campus conmigo para Acción de Gracias para imprimir las cinco copias en el tipo adecuado de papel para poder mandarlos a las oficinas de los graduados. Mi pobre padre estaba preocupado por mí y pidió el día libre. Me llevó en coche para atar los cabos sueltos que quedaban. Enviamos copias a varios despachos, conseguí mi paquete de material, pagué las tasas que quedaban y conduje a casa. Nos paramos en una hamburguesería por el camino.

— Quería comprarte algo especial para comer — me dijo— para celebrar.

—Muchas veces las cosas no salen como quieres que salgan — dije — solo quería terminar, papá. Y la hamburguesa de queso está muy bien.

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