La Universidad nunca volverá a ser lo que fue

Parece ser que en la Universidad solo pueden expresar sus ideas quienes sean comulguen con las ruedas de molino de la minoritaria minoría nihilista que ha ido haciéndose con el control de las universidades a lo largos de las últimas décadas. En España ya estamos acustumbrados; pero en los últimos días ha ocurrido con inusidada publicidad: María San Gil en Santiago el día 13, Dolors Nadal en la Pompeu Fabra de Barcelona ayer y, para los que pensaban que todo esto se debe al virus nacionalista, Rosa Díez en la Complutense de Madrid hoy mismo.

Huelga decir que, en todos los casos, los agresores han contado como mínimo con la inacción de las autoridades universitarias cuando no de su simpatía. Debemos apuntar que no se trata tampoco de un fenómeno circunscrito a España; recordemos la censura a Benedicto XVI en la Sapienza por parte de no más de setenta profesores lo cual no impidió que su discurso fuera muy aplaudido cuando fue leido en su ausencia.

La conclusión es evidente. Si algún día la Universidad fue un foro libre donde las ideas y el talento podían florecer hoy es un pesebre para pagar favores, un resorte en la sociedad a disposición del poder, una nulidad cuando se mide en la balanza de la excelencia y, finalmente, una fábrica de funcionarios. No olvidamos mencionar la existencia de excepciones, honrosas, no obstante, escasísimas. Lo más desalentador es que la cosa no parece mejorar ni siquiera a largo plazo.

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